6 dic 2008

El día que me enamoré de una morena a la entrada de una estación de tren


Suena el despertador, interrumpiendo la armonía de mi sueño, significando que comienza un nuevo día.
Nadie espera que sea ni mejor ni peor al anterior, al fin y al cabo es un día, qué más puedo pedir. Lo primero que me pasa por mi mente es la suerte que tengo de poder vivir un día más, y me vienen a la cabeza toda esa gente que por desgracia se quedó atrás y no ha podido llegar hasta donde he llegado yo. Cada uno habrá tenido su excusa, pero lo que cuenta es que nuestras vidas nunca se podrán cruzar. Eso me da pena; aunque no los haya conocido.
Por esa razón me levanto con un poquito de más ánimo que el día anterior; ya ves, qué tontería.

Pero hoy las cosas van a ser diferentes, lo presiento...
De camino al colegio, escuchando esa música que me ayuda, de una forma o de otra, a llevar el día con un poquito más de ánimo, me paro a esperar a que se ponga verde.
Observo a la gente. Veo una señora mayor con un pequeño perrito, que espera como yo a que el semáforo nos dé el pistoletazo de salida para continuar nuestro día. También veo un chico joven, de unos 26 años; con su gabardina, su maletín, bien vestido...Todo normal. Pero vi algo que hizo que mi día diera un giro de 180 grados: tenía unos billetes de tren entre sus manos.

No lo pensé dos veces, seguí recto mi camino diario, para viajar durante todo un día; donde fuera, pero tenía claro que únicamente volvería para cenar.
Me planto en la estación, delante del mostrador, y le pido a la señora agradable que había detrás del él que me vendiera un billete de ida y vuelta para el primer tren que saliera. Me daba igual a donde, eso era lo de menos. De hecho, ni lo mire. Dejé un par de billetes sus manos y después me acerqué al andén que me dijo.
Esperé cinco minutos y subí al tren. Estaba solo, sí, pero estaba cambiando un día que aparentemente iba a ser normal.

El tren comenzó a andar y me sentí más libre que nunca. Sólo serían unas horas, pero nadie me las robaría...
A mi lado, un hombre de avanzada edad, leía se periódico; en frente, otro con traje chaqueta, su maletín y repeinado. A ninguno de les dos les parecía importar que al lado tenían a un chaval que se había escapado. En ese momento me acordé, cuando era un poco más pequeño, como una chica y yo nos escondíamos de nuestros padres, porque teníamos miedo a que nos pillaran.
Ella fue mi primer amor. Guardo con cariño aquellos momentos. Éramos felices, no teníamos ningún tipo de problemas, nos besábamos, charlábamos, nos abrazábamos y nos prometíamos que esto iba a durar para siempre. En fin, éramos unos críos. Recuerdo especialmente nuestro primer beso, fue en el portal de su casa, después de volver de colegio. Fue uno de los momentos más especiales que guardo con mucho cariño.
En mi cara se dibuja una pequeña sonrisa, que cualquiera que me observe pensará que estoy loco.
Verdaderamente, fue una época bonita, aunque infantil.

Mis pensamientos se ven interrumpidos por un señor uniformado que requiere de mi billete. Yo, renazco de entre mis pensamientos y se lo enseño. Él lo cuña y continúa su camino.
Qué injusto, ¿no?; uno disfrutando de un día y otro trabajando para poder llevar un jornal a casa.
Me imagino como sería su vida: una casa pequeña a medio pagar, una mujer que le espera para cenar después de un duro día de trabajo y un niño al que cuando llegue ya estará durmiendo.
Qué puede hacer el pobre hombre para mejorar lo presente. Yo creo que nada; por mucho que trabaje no llegará el momento en que termine de pagar su hipoteca, su mujer le seguirá esperando para cenar y su hijo irá al colegio y se perderá parte de su infancia.
En cambio, el hombre que tengo enfrente, todo lo tendrá más fácil. Tendrá un buen trabajo, piso pagado por papá, no tendrá pareja fija, ni lo pretende, y en cuanto a los hijos, si tiene, no le importará el hecho de no poder ir al colegio para recogerlos, darles la merienda, y ver en ellos esa cara de felicidad mientras te cuentan todas esas cosas que han hecho en clase; seguramente tendrá cosas más importantes que hacer.
Pero bueno, esto sólo son formas de imaginar a dos personas tan distintas.

Una voz mecanizada vuelve a interrumpir mis pensamientos: "se informa a nuestros viajeros, que el tren está llegando a su destino".El viaje había pasado muy rápido y no sabía qué iba hacer hasta la hora de volver.
Bajé del tren, era la hora de comer, pero no tenía dinero. Tampoco me importaba; no iba a morirme de hambre. Eso sí, espero que mi madre tenga una buena cena preparada, porque solo sé una cosa: llegaré con hambre.

Había llegado a una ciudad que no había estado nunca y no sabía cual es; tampoco me importaba.
Era una ciudad pequeña, pero tenía algo que le hacía ser especial. Di un paseo mientras observaba a la gente pasar. Cada uno debía de tener su vida, sus problemas, y sin embargo salían a la calle olvidando todo, centrándose en su rutina. Cuánto me gustaría a mí invitar a más de uno a hacer lo que yo estaba haciendo ese día.

Miré el billete y únicamente faltaban 35 minutos para que saliera mi tren con destino a la realidad. Debía ponerme de camino a la estación; si pierdo ese tren puede ser un gran problema.

Era una tarde de invierno y la temperatura era fría. En la puerta de la estación fumaba una chica, poco más mayor que yo. Era morena, de estatura media, y con unos ojos verdosos con una mirada que transmitía. Yo me acercaba, y ella mirando al infinito ensimismada en sus pensamientos. A medida que llegaba a la entrada, sentía una tremenda atracción, como los polos opuestos, por preguntarle su nombre; pero no me atreví y pasé de largo.
Únicamente quería saber su nombre, nada más.

No me dio tiempo a seguir pensando en ella pues megafonía anunciaba la salida de mi tren. Entré en mi vagón, localicé el asiento asignado y fui al baño. Desde las ocho de la mañana que no iba, lo necesitaba. Me lavé las manos y la cara, y salí. Caminé por el pasillo para volver a mi asiento y vi que alguien había ocupado el asiento de al lado. Era la chica morena que había visto antes. No lo podía creer. Era como si mis sueños se hubiesen hecho realidad.

Llegué, le saludé con una pequeña mueca cordial y me senté.



5 comentarios:

Juliette dijo...

Que genial, ya sabes... bueno, ya me entiendes, o yo le entiendo a usted.

¿Esa es la estación del norte, verdad?
Como me encanta esa estación. Sí, en cierto modo es una estación cualquiera, con pasajeros cualquiera, con un reloj cualquiera... pero esa estación siempre me ha parecido mágica. En esa estación se esconde recuerdos, y no especialmente cualquier recuerdo.

maloles dijo...

Es más fácil enamorarse de los desconocidos.

Muas!

Anónimo dijo...

xk las esaciones pued ser el lugar mas bonito aunk tmb el mas triste...
para tu historia el mas bonito..=)

un bso...

Juliette dijo...

Ahora vivo en Alicante, pero aunque nunca haya vivido en Valencia, llevo tres años yendo y es como mi lugar de nacimiento xD

Eipriun dijo...

me encanta!!