Caen las doce, algo se retuerce, algo se enhebra en el alma, algo cruje lentamente entre mis huesos. La pérdida, el respeto que nos queda, eso que añoramos pero que jamás confesamos. Puede que sean unos labios, quizás la luna que me convierte más en licántropo de lo que persona jamás llegué a ser.
Cuán de efímero es todo. Muchas cosas se van como vienen, pocos pasos para caer nuevamente en un precipicio del que jamás logré levantarme.
Es posible que sean estas tristes canciones; aquellas que embadurnan mi presente, que dibujan inviernos solitarios bajo manta. El fracaso resuena como un eco en esta habitación. Son los ojos cerrados lo que no me deja disfrutar del viaje, las maletas vacías lo que necesito para no volver a ahogarme.
Un tic-tac, un aliento que recorre mi cuello, lento; muy lento. Me aferro, me niego. Tropiezo, me caigo y me vuelvo a tropezar. Rutina del malestar, otra copa vacía antes de marchar, la misma cantina que hemos vuelto a cerrar.
Una de tantas vidas he quemado, curiosamente sin ser gato, me he vuelto a perdonar otra noche y he confesado a la virgen del pecado, que mañana lo volveré a hacer.
Son miles la noches, quizás unas cuantas las batallas en las que retamos a cupido, conociendo ya nuestra derrota. Muchos ya se han ido, otros solo acaban de llegar y a la fiesta abstemia tendremos cientos almas que emborrachar.
Sí, hace tiempo que Fito me hizo caminar despacito, que las prisas - pude aprender- nunca fueron buenas. Al oráculo le pregunté "¿qué esperaba de mi?". Nunca hubo respuesta. Puede que nada esperara, puede que no me escuchara, puede que nunca quisiera escucharla.
Cada mañana me engaño otra vez, puede que así nadie me retuerza entre sus garras, puede que así me proteja. La vida y la cartera, la puta y la doncella; es otra vez esa vieja historia, la misma mierda con distinto hedor. Putrefacción de sentimientos, suelas gastadas de rondar un destino sin ningún punto fijo, perdido, herido y por qué no decirlo, jodido por lo que todavía no ha venido y no poder resurgir de mis cenizas en otra vida.
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28 dic 2015
Madrugada
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17 mar 2015
Vivir no es fácil
Pongamos que lo que sigue a esta línea es menos serio de lo que parece. Ahora, prosigamos.
Como no soy demasiado de engañar, el título ya te empieza a dar una idea de lo que hoy recorre mi neurona. "Vivir no es fácil, vivir no es fácil...", golpea como un estribillo atronador amenazando por convertirse en dogma.
Hace un par de días, el siempre efectivo y directo al alma Risto Mejide, apuntaba algo así como que vivir era decidir, renunciar. Siempre he considerado que nuestros actos acaban definiendo aquello que somos o a lo que aspiramos ser; pero cada vez cobra más importancia aquello que renunciamos en nuestra vida, aquello a lo que decimos 'no'.
Es una especie de definición de uno mismo pero a la inversa. Nos enfrascamos en buscar fórmulas matemáticas para conocernos mejor, para saber quiénes somos. Y muchas veces, las variantes incógnitas que componen nuestra ecuación de vida, son más sencillas de lo que parece y solo requiere de despejar la X, pasándola al otro lado y convirtiéndola en negativa.
Hay mierdas que pasan en nuestra existencia que ni el beato más beato ni el ateo más ateo pueden poner respuesta. Ambos darán su versión manchada de una cosmovisión concreta; pero yo lo que quiero La Respuesta. Quiero el porqué de las cosas, la razón de ser de que a ti sí y a mi no, el sinsentido del dolor por el dolor, la pérdida tanto carnal como de la marcha de personas que tienes que dejar escapar o las que simplemente renuncias.
Tampoco considero que haya vivido y sufrido tanto para emocionarte en estos momentos. Pero uno tiene sus cositas, que bueno, ahí están.
Puede que muchas veces sientas que vives en un estado permanente de alerta melancólica, de escepticismo de vida y sueños trucados antes de yacer en su búsqueda. Es la soledad encontrada, el vital metro cuadrado, la cabeza atormentada de pájaras -también pájaros- y el aprisionamiento de las cuatro paredes de tu habitación que amenaza cada noche con llevárselo todo por delante.
Y es que pasa por tus ojos como un huracán aquello del por qué vamos a venir a este mundo a sufrir: no tiene ningún sentido.
No lo llamaría capacidad de olvido, pero admiro la superación y el poder de remontar las situaciones no demasiado buenas que muchas personas tienen.
Porque si de algo hemos de estar agradecidos es de haber podido rodearnos de un puñado de personas que han tenido y tienen cosas que enseñar y de las cuales puedes aprehender retales de sus vidas, sintiéndolos como un trocito de la propia.
Hay que acostumbrarse también a definirse no solo por las cualidades o casas que te han ido sucediendo; también por todo lo compartido por una mano amiga, por los abrazos y besos que aúnan almas y que consiguen que sobren las palabras.
Al final, la vida es eso, ¿no? Las idas y las venidas, las historias que se cuentan en las películas y que nunca crees que para bien o para mal te vayan a suceder a ti, conversaciones ojo a ojo, mirada a mirada. Las lágrimas con sordina y viaje de ida, las penas que son menos penas sabiendo que alguien cogerá tu mano por debajo de esta mesa.
Sí. Porque vivir no es fácil y por suerte para todos no existe un gran manual donde venga todo explicado y que con suerte, cuando al final comprendes de que va todo esto, va y tu tiempo se ha agotado. Game over. Lástima que esta era la última y única vida. O no.
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